'The White Lotus' (MAX) T3: Tourist go home!
Sobre el final de 'The White Lotus' T3

‘The White Lotus’ T3: TOURISTS, GO HOME!

16 abril 2025
'The White Lotus' no ha sabido renovarse y a fuerza de replicar la exitosa fórmula de su primera temporada ha terminado por ofrecer una tercera temporada plana, repetitiva y con un desenlace decepcionante. A Mike White no le han salido del todo bien las fotocopias.

Rick y Chelsea en el capitulo final de 'The White Lotus' T3.

Para honrar a una serie rebozada en tópicos que parece comida masticada que alguien ha decidido devolver al plato y ofrecértela porque le han dicho que tienes buen gusto, nada mejor que empezar con una cita culta que le viene que ni al pelo: ‘todos nacemos originales y morimos copias’.

Son palabras de Carl Jung, que tuvo el buen gusto de morir en 1961 y así pudo ahorrarse la tercera temporada de The White lotus. La mala noticia es que nadie pudo decirle al buen Carl cuánta razón tenía: la tercera entrega de The White Lotus es la pistola humeante que conduce al criminal y la prueba de cargo que cualquier observador podría esgrimir para argumentar que, si segundas partes nunca fueron buenas, de las terceras es mejor no hablar.

Una serie inmovilista, morosa, tozudamente aburrida, en la que pretenden convencer al espectador que el hecho de que no pase nada es una genialidad sin precedentes

Ya en el (espantoso) final de la última temporada de la serie de Mike White podían leerse predicciones más bien negruzcas sobre el futuro de un show que se ha mirado tanto el ombligo que ha acabado con una terrible lumbalgia audiovisual de las que no se curan ni en Lourdes: una serie inmovilista, morosa, tozudamente aburrida, en la que pretenden convencer al espectador que el hecho de que no pase nada es, de hecho, una genialidad sin precedentes.

The White Lotus T3

La tercera temporada de ‘The White Lotus’ está disponible al completo en MAX.

De cuando en cuando, como si White fuera un Ryan Murphy de la vida, se pone un poquito de incesto, un monólogo afilado, una reflexión fugaz, un tiroteo rándom y así la plebe sigue rumiando como una vaca, pensando que aquello tiene que ser una obra maestra. Como cuando pagas una fortuna para una entrada y te vas un espectáculo de danza moderna que dura siete horas y al cabo de veinte minutos te quieres matar porque aquello es una turra inacabable, pero si alguien te pregunta dices que lloraste y que tu alma compungida amenazaba con abandonar tu cuerpo por culpa de la emoción. No vas a ser tú el gilipollas que se atreve a gritar que el rey va desnudo.

La primera temporada de ‘The White lotus’ era fabulosa […] un remolino descomunal que te absorbía y te calaba hasta los huesos

Acostumbra a suceder en estos casos, todo empieza de forma excelente: la idea de meter a unos cuantos burgueses en un resort de lujo y enfrentarles a su legión de fantasmas tomó al asalto el corazón de millones de televidentes en todo el mundo. La primera temporada de The White lotus -digámoslo sin problemas, ni remordimientos- era fabulosa. Una fantasía. Los personajes parecían escritos por una versión hípster del Marqués de Sade; el reparto era un puto milagro, qué si Jennifer Coolidge, qué si Murray Barlett, qué si Alexandra Dadario, qué si Connie Britton, qué si Sidney Sweeney, qué si la madre que me parió. Todos ellos articulados con una finezza perversa, perfectos hijos de una civilización que se cae a pedazos.

Aquella decadencia (des)controlada que exhibían los protagonistas del White Lotus original era como un remolino descomunal que te absorbía y te calaba hasta los huesos. Nada quedaba en pie, como si en lugar en un hotel paradisiaco los hubieran llevado a Pompeya el 24 de agosto del año 79 (DC) y la lava hubiera tomado la forma de seres humanos tan absolutamente tóxicos, tan ajenos a la realidad, que el solo contacto con ellos significaba convertirse en ceniza.

The White Lotus T3

Patrick Schwarzenegger es Saxon en ‘The White Lotus’.

Los diálogos eran magníficos, los personajes eran memorables, el humor era afilado y sostenido, el drama funcionaba como un lanzallamas y el puzle casi kafkiano que acababan dibujando todos los elementos que formaban el armazón de la serie, era una delicia tan brillante que uno pensaba que aquello debería ser ilegal. Maldita sea White, deja algo de excelencia para los demás.

La cosa debería haberse quedado ahí, pero la tentación tiene muchas manos y todas contienen cheques con muchos ceros, así que nos dejamos caer en la ilusión de que había muchas más historias que contar y compramos otra temporada. Durante unos capítulos hasta creímos (o quisimos creer) que el tipo lo había logrado de nuevo. Pero no, la realidad nos mordió la cara con el mismo ánimo sádico de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Aquello no era nuestro White Lotus. Aquel montón de idiotas y vendedores de crecepelo tenían el mismo corazón que una cebolla: un montón de capas y al final nada.

Eso es ahora mismo la franquicia inventada por el señor White: la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia. Cada vez más borrosa, más tenue, más ininteligible

Pero los fans de The White Lotus habían decidido que sí, que la segunda temporada era una maravilla. Y naturalmente, eran suficientes como para exigir más de lo mismo, como en aquel restaurante al que iba Woody Allen: ‘la comida es una mierda y las raciones son pequeñas’. La masa crítica es uno de los grandes males del audiovisual moderno, cuando las (presuntas) multitudes, las redes sociales y los loros que repiten las consignas de costumbre y que ven la mejor serie del año cada diez minutos, acaban decidiendo lo que vale la pena replicar. Así es como se borran las líneas que separan las efemérides de las fotocopias y el arte de empuñar el pincel del vicio de garabatear esbozos.

Porque eso es ahora mismo la franquicia inventada por el señor White: la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia. Cada vez más borrosa, más tenue, más ininteligible: un insufrible cacareo de voces disfrazados de sátira. Cada vez más cerca de ser un formulario de esos que uno rellena casi por inercia, marcando la x en cada casilla. Algo de verborrea, unos tipos murmurando ocurrencias disfrazadas de amarga queja por su condición humana y un millar de variaciones del clásico, ‘el dinero no da la felicidad, pero deberías ver el yate que acabo de comprarme’. Esos pobres burgueses a los que traicionan sus costuras, invocando a sus demonios entre mojito y mojito, suspendidos en la niebla de la contemplación, dándolo todo a cámara lenta y pontificando sobre el paso del tiempo, la vida y el reuma.

The White Lotus T3

Natasha Rothwell es Belinda en ‘The White Lotus’.

Ahora solo queda esperar donde nos lleva el siguiente anuncio: qué paraíso visitamos, quién besa su hermano o asesina a su primo, quién no aguanta más el corse de clase que obliga a alguien a vivir sin dar palo al agua, cómo seguir llamando la atención del incauto que aún no ha entendido que le están troleando mientras le guiñan el ojo y le quitan la cartera. Seguramente, la productora ya estará en conversaciones con tres o cuatro oficinas de turismo que prometen enormes exenciones fiscales y largas sumas de dinero para que White y su banda de trileros se instalen allí un par de meses a fingir que están trabajando en una serie de televisión.

Y llegados a este punto, muchos/as se preguntarán, ¿pero este tío ha mencionado ni una sola trama, ni un solo personaje, ni un solo acto relevante? Y tienen razón: no lo he hecho. Me he marcado un Mike White: más de mil palabras para acabar reconociendo que no tenía nada que contar. Eso sí, no me he ido a Tailandia a escribir, no he intentado venderles que les estaba cambiando la vida, no he colado ningún golpe de efecto y jamás repetiré este artículo cambiando dos palabras e intentaré venderles que están leyendo algo completamente nuevo.

Algo es algo, ¿no?

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