Crítica de ‘Soviet Jeans’ (Filmin): los tejanos de la revolución
Crítica de la serie (Filmin)

‘Soviet Jeans’: los tejanos de la revolución

03 marzo 2025
Ambientada en la Letonia soviética de finales de la década de los setenta, la ganadora del Premio del Público en Séries Mania 2024 ofrece un interesante cóctel de géneros alrededor de la confección clandestina de Levi’s falsos en un hospital psiquiátrico. A medias entre el thriller político, el drama romántico o la sátira sobre la represión en la antigua URSS, la serie remite a títulos como ‘Good Bye, Lenin!’, ‘Los falsificadores’ o ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

Kārlis Arnolds Avots, Mejor Actor de la sección Panorama en Séries Mania por su papel en 'Soviet Jeans'.

En una época en la que cada vez más series se ven obligadas a vender su “producto” en los primeros dos o tres minutos de narración -por la política de las plataformas en el “enganche” inmediato de los espectadores, no vaya a ser que se pasen a la competencia o se pongan a mirar TikTok-, es de agradecer que una miniserie como Soviet Jeans se tome su tiempo y se dedique durante todo su capítulo piloto (de un total de ocho) a explorar a sus personajes y a plantear sus temas de fondo. La acción, en realidad, no empieza hasta el segundo episodio, pero esa primera hora sirve como buen preámbulo de todo lo que va a venir después.

Nos encontramos en Riga, capital de Letonia, en 1979, cuando el país aún formaba parte de la antigua URSS. En ese contexto conocemos a Renars, un joven que se gana la vida como diseñador de vestuario en un teatro público de la ciudad, pero que a su vez se saca un extra de dinero trapicheando con productos occidentales prohibidos. El KGB conoce su actividad, pero le deja hacer a cambio de trabajar como delator para la agencia. Un día, llega al teatro una joven directora finlandesa con el objetivo de estrenar su versión de Hamlet, invitada por el gobierno soviético con la idea de “demostrar que tienen amigos en todas partes”. Durante los ensayos de la obra, los dos jóvenes se enamoran, pero su incipiente relación se corta de raíz por un incidente por el que Renars es llevado a un hospital psiquiátrico, acusado de mal patriota.

Soviet Jeans

El contrabando de ‘jeans’ falsos, vía de escape del protagonista.

 

En ese primer episodio conocemos bien a los tres protagonistas principales del relato y a los estereotipos narrativos –en un buen sentido– que quieren plantear los creadores de la serie, Stanislavs Tokalovs, Teodora Markova y Waldemar Kalinowski. Por un lado, el joven canalla, buscavidas e idealista que representa Renars, obsesionado con la cultura occidental y claro ejemplo de esa parte de la ciudadanía –estudiantes, en su mayoría– en cierta rebelión contra el sistema.

‘Soviet Jeans’ es, desde luego, un drama político con buenos toques de thriller, pero también una sátira sobre el sinsentido soviético al estilo ‘Good Bye, Lenin!’

Por otro, Tina, la directora teatral extranjera, que se topa de lleno con la absurda censura soviética. Y, por último, Maris, trabajador novato del KGB, responsable del encierro de Renars, que compartió colegio con él, pero que creció con ideales opuestos y una fuerte convicción en pro del comunismo como camino hacia su propio éxito personal. De ahí surge un triángulo –también amoroso, a lo Jules y Jim, porque Maris siente también algo por Tina– que sirve como punto de apoyo de toda la narración.

Encerrado sine die en el centro psiquiátrico sin saber aún el motivo, Renars empezará junto con otros internos –y el amparo del propio director del hospital– un negocio en clandestinidad de confección de tejanos Levi’s falsificados (por supuesto, prohibidos en la Unión Soviética), con la promesa de poder escapar de ahí. Con todo lo dicho, los showrunners juegan con los géneros a través de una narración fácilmente accesible para el espectador. Soviet Jeans es, desde luego, un drama político con buenos toques de thriller, pero también una sátira sobre el sinsentido soviético al estilo Good Bye, Lenin!, mucho más interesante cuando se recrea en la comedia absurda (las divertidas escenas en el baño del hospital, por ejemplo, o ese concierto improvisado a cargo de los internos) que cuando recurre a ciertos clichés de humor en apariencia corrosivo pero finalmente de tono algo más amable e inofensivo.

Soviet Jeans

La historia de amor entre Tina y Renars se ve interrumpida cuando a él lo encierran en un hospital psiquiátrico. 

A todo esto hay que añadirle también el componente de drama romántico a partir de ese amor imposible que los creadores usan conscientemente como anzuelo para atrapar a un público más joven, pero que, junto con los códigos habituales del thriller, dotan al relato de algo muy interesante: esa relación de protagonista/antagonista (o héroe/villano) entre Renars y Maris, más propia de los cómics de superhéroes, y que acaba funcionando de maravilla gracias al uso del estereotipo para, en realidad, añadir a ambos personajes sus luces y sus sombras.

En el caso de Maris, interpretado con solvencia por Igors Selegovskis (con un gran parecido a un joven Malcolm McDowell), su arco se asemeja a una villain origin story de tebeo en que el personaje se revela como un pelele y una marioneta más del sistema en una escalada de villanía propiciada por la inseguridad, el rechazo, el rencor y una venganza personal. Y en el caso de Renars (Kārlis Arnolds Avots, Mejor Actor de la sección Panorama en Séries Mania, donde la serie ganó también el Premio del Público), su condición de héroe queda dañada en el momento en que vemos su autoridad como líder del grupo de internos durante las horas y horas de confección de los tejanos y en sus razones egoístas para llevar a cabo este fin.

A pesar de los hechos históricos que retrata, hay en ‘Soviet Jeans’ una joie de vivre felizmente contagiosa que se ejemplifica en una realización enérgica y atípica en este tipo de ficciones

En estas secuencias, de hecho, es donde reside una de las reflexiones más interesantes de la serie, que es la que tiene que ver con el abuso laboral y la cultura del trabajo (esa fiesta con alcohol planteada como incentivo para que los “trabajadores” sigan produciendo; pura lógica capitalista) y con las jerarquías dentro de los propios movimientos revolucionarios, algo que ya vimos en la reciente No digas nada y que aquí resuena a través de ese “os ordeno hacer tejanos” que oímos en uno de los momentos de Soviet Jeans.

Soviet Jeans

Un fotograma de ‘Soviet Jeans’.

Fuera del taller de confección, sin embargo, pero aún dentro del centro psiquiátrico, la serie filma algunas de sus mejores secuencias en el retrato sin condescendencias de esa pandilla de entrañables inadaptados recluídos en la institución, un poco a la manera de la referencial Alguien voló sobre el nido del cuco (o incluso la austríaca Los falsificadores).

En ese sentido destaca la relación de amistad y necesidad entre Renars y uno de esos internos (un hombre obligado a negar su homosexualidad y que protagoniza uno de las escenas más duras de la serie, en la que se masturba llorando de vergüenza mientras mira los garabatos de cuerpos masculinos desnudos que él mismo dibuja a escondidas en su libreta), y la reflexión general sobre el mal uso de la psiquiatría en la Letonia de la época como método para crear buenos soviéticos. Esa manipulación por parte del gobierno hacia sus propios ciudadanos se refleja también en los continuos intentos de censura de la adaptación de Hamlet que quiere llevar a cabo el personaje de Tina (“¿por qué los intérpretes actúan con tan poco realismo? Nuestro público no lo entenderá”, exclama una alta representante en uno de los ensayos de la obra).

Hacia el final, la serie peca de cierto conformismo narrativo y los protagonistas se reafirman en sus moldes arquetípicos; gajes del oficio en una ficción que apela a una audiencia amplia y transgeneracional. Aún así, y a pesar de los hechos históricos que retrata, hay en Soviet Jeans una joie de vivre felizmente contagiosa que se ejemplifica en una realización enérgica y atípica en este tipo de ficciones, a ritmo de jazz y con una cámara que no para quieta (uno de sus directores es Juris Kursietis, que destacó en 2019 con el film Oleg, presentado en la Quincena de Cineasta de Canes y visto aquí en el D’A – Festival de Cinema de Barcelona), con un discurso general algo didáctico pero inapelable y atemporal sobre la urgencia de las luchas compartidas contra todo acto de opresión.

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