'Mussolini: son of the century': manual de retórica fascista | Crítica
Crítica de la serie (SkyShowtime)

‘Mussolini: son of the century’: manual de retórica fascista

13 marzo 2025
'Mussolini: son of the century' retrata el ascenso del dictador con un despliegue visual abrumador. La serie dirigida por Joe Wright desnuda los mecanismos de la retórica fascista y la vincula inquietantemente con el presente.

Imagen promocional de 'Mussolini: son of the century'.

El productor romano Lorenzo Mieli está detrás de los últimos proyectos de Paolo Sorrentino (desde The Young Pope) y Pablo Larraín (Maria Callas), y no parece casual, atendiendo a las trayectorias del director de La gran belleza (2013) y del cineasta chileno, que Mieli los haya reclutado para sumarse a la pléyade de productores que están detrás de Mussolini: son of the century, la serie que han desarrollado Stefano Bises y Davide Serino, tampoco es accidental que sean los responsables de Esterno Notte (2022), la serie dirigida por Marco Bellocchio sobre los últimos días de Aldo Moro, y que ha dirigido el británico Joe Wright a partir de la monumental novela que Antonio Scurati, que también ejerce como guionista, elaboró sobre la figura del dictador Benito Mussolini.

Si en los últimos años de su carrera Larraín ha firmado un puñado de biopics voluntariamente alejados de una supuesta ortodoxia, y Sorrentino ha construido su filmografía partir de una muy particular concepción del retrato, alguno de los cuales está directamente vinculado con la política italiana –Il divo (2008), Silvio y los otros (2018)–, esta revisión sui generis de la etapa inicial de la biografía del Duce parece inspirarse en la obra de esos dos cineastas que aquí engrosan las filas de la producción ejecutiva.

‘Mussolini: son of the century’ es un huracán estético que, en última instancia, pone en evidencia la retórica que el fascismo emplea para imponerse

De las aproximaciones que Larraín ha hecho a propósito de figuras como Jackie Kennedy, Diana de Gales o Pablo Neruda, esta miniserie de ocho episodios asume la concreción temporal –capturar un periodo concreto de sus vidas y no ir de la cuna a la tumba–, si bien de quien más toma prestado es del director de Parthenope (2024), desde “los arabescos dibujados por la cámara, el uso aberrado de los límites de la imagen (o) el montaje puesto al servicio de la música”. Presten atención al uso que se hace de la anacrónica música electrónica compuesta por Tom Rowlands, una de las dos mitades de The Chemical Brothers. 

Mussolini, aprovechándose de la democracia para destruirla.

Pero, más allá de esas influencias, Mussolini: son of the century es un huracán estético que, en última instancia, pone en evidencia la retórica que el fascismo emplea para imponerse, al tiempo que retrata el ascenso de Mussolini (Luca Marinelli) al poder. Sería absurdo recopilar los hechos históricos que la miniserie cita, desde los inicios titubeantes de una ideología minoritaria, pasando por la debilidad del gobierno italiano de entreguerras (aunque, en realidad, no importa cuando hagamos esta afirmación), siguiendo por el enanismo (físico y político ) del rey Vittorio Emanuele III, o por la generación de un clima de terror que ayudó a desnivelar las elecciones de 1922 y, sobre todo, las de 1924. Esta parte de los episodios nacionales trasalpinos está ahí, expuesta de manera clara y sin cortapisas, si bien está lejos de ser lo más importante de la función. 

Mussolini: son of the century

Los ocho episodios de ‘Mussolini: son of the century’ ya están disponibles en SkyShowtime.

La relevancia de esta producción italo-francesa que se presentó en el último Festival de Venecia radica en la visibilización, a golpe de martillo, de los mecanismos que articulan el discurso fascista y sus más que evidentes conexiones con el presente, materializadas en ese guiño al trumpismo que observamos en el capítulo cuarto cuando Mussolini, pulgar en el alto, nos mira y dice aquello de “Make Italy Great Again”.

Il Duce nos agasaja con sus más oscuros pensamientos, desacredita a todo el mundo y se muestra dispuesto a traicionar cualquier principio con tal de convertirse en Primer Ministro

Una retórica que se basa en el principio “hombres fuertes e ideas simples”. Que se sustenta en un sincretismo ideológico que lo mismo absorbe ideas del socialismo (Mussolini fue un encendido militante de izquierdas) que bebe del futurismo acuñado por Marinetti. Una mezcolanza que se traslada a una puesta escena que fagocita todo tipo de recursos en un totum revolutum extenuante y, por momentos, indescifrable ante el que solo queda la rendición. 

Imágenes de archivo (casi todas manipuladas), insertos en blanco y negro de trenes e imprentas que obedecen las leyes del movimiento futurista (“la belleza de la velocidad”) y, por encima de todo, un culto al líder que se traduce en la interpelación directa con que el aspirante a dictador nos atosiga casi en todo momento. Nótese que en los primeros compases del episodio inaugural vemos a Mussolini manipulando un proyector que lanza imágenes de sí mismo pronunciando un inflamado parlamento, lo que da  idea no solo de su egolatría, sino también de la importancia de cultivar y controlar la propia imagen y de generar discursos que luego servirán para diseñar la Historia, materia que la serie trata como una construcción más. Verbigracia, como se registra la no declaración del estado de sitio por parte del rey que hubiese acabado con el movimiento fascista de un plumazo (episodio cuarto).

Luca Marinelli está descomunal como el dictador italiano.

Il Duce, encarnado por un monstruoso Luca Marinelli, nos agasaja con sus más oscuros pensamientos, desacredita a todo el mundo y se muestra dispuesto a traicionar cualquier principio con tal de convertirse en Primer Ministro. Su amante, Margherita Sarfatti (Barbara Chichiarelli), lo define perfectamente: “querer siempre más hasta quedárselo todo por cualquier medio, eso es fascismo”

La serie es excesiva, grotesca, violenta y ridícula porque retrata un movimiento que reúne todas esas características

Mussolini se aprovechó de una sociedad empobrecida, lastrada por las consecuencias de la primera guerra mundial y huérfana de liderazgo. Wright, que asume un barroquismo sincrético muy del gusto de Sorrentino, compone un apabullante collage en el que las postales operísticas se dan la mano con el kitsch y al cine de vanguardia le suceden pasajes grandguignolescos, todo en consonancia con un personaje capaz de asumir como propia cualquier idea que sirviese a su causa, desde el ultranacionalismo preconizado por D’Annunzio a la defensa de las clases humildes que esquilmó de las doctrinas socialistas.    

La serie es excesiva, grotesca, violenta y ridícula porque retrata un movimiento que reúne todas esas características, pero, sobre todo, nos entrega la pintura de un sátrapa que supo canalizar todo el malestar de una sociedad rota en beneficio propio. Mussolini: son of the century (o M – El hijo del siglo) no es fácil ni agradable, posee un magnetismo refractario que, lo mismo nos atrae por su velocidad y despliegue de recursos, que nos repele por los discursos que se adhieren a ese poder de fascinación. Para superar sus ocho episodios hay que estar dispuesto a resistir los envites de una estulticia ilustrada –y entender cómo se articula–, a soportar vejaciones abominables, a observar, en definitiva, cómo funciona «de verdad» el fascismo que se esconde detrás de esa retórica imparable que se sirve de la velocidad para no admitir el derecho a réplica. 

Mussolini se erige aquí como el más fiel representante de los detentores de una (no) ideología cuyo propósito ulterior no es otro que aniquilar a todo aquel que no sirva a sus intereses, lo mismo da que sean integrantes de la oposición (Matteotti), miembros de la iglesia católica que no atienden a razones (Luigi Sturzo) o fascistas contestatarios (Cesare Forni). 

Después del fascismo, ya deberían saberlo, la nada.

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