Crítica 'Monsieur Spade' (Filmin): el halcón francés
Crítica de la serie

‘Monsieur Spade’: el halcón francés

25 marzo 2025
Clive Owen no hace olvidar a Humphrey Bogart, eso es imposible, pero reinterpreta de forma magnífica a Sam Spade, el detective privado creado por Dashiel Hammett que el cine inmortalizó en 'El Halcón Maltés'. Scott Frank ('Gambito de dama') y Tom Fontana ('Oz') agitan la esencia del personaje y le trasladan al sur de Francia para enfrentarse a un caso con demasiadas ramificaciones en una miniserie con más virtudes que defectos.

Sacar a Sam Spade, y a la figura del detective privado del más clásico de los imaginarios, de su hábitat natural era todo un desafío. Creada por los reputados Scott Frank y Tom Fontana, Monsieur Spade trasplanta al personaje de las calles de San Francisco, oscuras e iluminadas por neones, a un bucólico pueblecito del sur de Francia. El noir girado como un calcetín en una decisión, sin duda audaz, que le da al relato una atmósfera y una singularidad más que interesantes.

El prólogo de la historia nos cuenta que nuestro hombre llegó a Bozouls cumpliendo con el último deseo y encargo de una antigua clienta a la que metió en la cárcel y a la que después ayudó a liberar: llevar a su hija hasta la lejana Francia, donde se supone que podrá reunirse con el padre de la criatura. Rápidamente deduciremos que la clienta en cuestión es Brigid O’Shaughnessy, la femme fatale que interpretaba Mary Astor en El Halcón Maltés (1941), el peliculón de John Huston con el que Humphrey Bogart convirtió al investigador creado por Dashiel Hammett en mayúscula historia del cine. Guiño guiño codo codo, no será el único, para espectadores capaces de compatibilizar sus adicciones seriéfilas con el gusto por el cine clásico.

Un magnífico Clive Owen reinterpreta, o deconstruye, o humaniza, o todo a la vez, al detective privado en un ocaso marcado por el duelo y la culpa

Ocho años después de ese preámbulo argumental, nos encontramos con un Spade retirado del mundanal ruido, y viudo, instalado en la mansión rodeada de viñedos que su difunta y francesa esposa le dejó en herencia. La jubilación tranquila deseada por el protagonista, que ha guardado su gabardina y su sombrero en el armario, se verá interrumpida, en este orden, por el consejo médico que le pide dejar de fumar a causa de un enfisema y por el brutal asesinato de seis monjas en el convento cercano donde vive la niña, ahora adolescente, que viajó con él hasta Bozouls.

Monsieur Spade

Cara Bossom y Clive Owen interpretan a Teresa y Sam Spade en ‘Monsieur Spade’.

Frank y Fontana, creadores respectivamente de las relevantesGambito de dama y Oz, dibujan, a partir de ahí, una alambicada trama criminal que implica a veteranos de la Guerra de Independencia de Algeria, a los servicios secretos franceses, al MI6, a la CIA, a operativos saudíes y hasta al Vaticano, a vecinos del lugar, a la memoria de colaboracionistas nazis y a un niño argelino a quien todos quieren atrapar por un motivo que nadie parece conocer y anima a todos a especular. Cargada de pistas falsas, o de indicios, o de subtramas que no van a ninguna parte y que despistan al personal, también a Spade y a la peculiar pareja de hermanos policías del pueblo, la estructura narrativa de la miniserie se enreda hasta el infinito, con capas y más capas de un misterio que, a ratos, se convierte en un confuso galimatías que corre el riesgo de terminar con la paciencia o el interés del espectador.

Puede que, en realidad, el argumento de Monsieur Spade no pretenda ser otra cosa que un gigantesco macguffin para que luzcan las verdaderas virtudes de esta producción recién estrenada por Filmin: por un lado, un magnífico Clive Owen reinterpreta, o deconstruye, o humaniza, o todo a la vez, al detective privado en un ocaso marcado por el duelo (un puñado de flashbacks rellenarán una elipsis de ocho años, y nos contarán la relación con su fallecida esposa, a la que da vida la siempre estupenda Chiara Mastroianni) y la culpa (“un día te despiertas, te miras al espejo y ves a alguien que no te gusta mucho. No es para tanto. Simplemente no te mires más al espejo», le oiremos decir).

La serie convence con un plano final que sostiene el carisma del detective y nos invita a abrazar aquellos viejos clásicos del noir cinematográfico y literario

Nuestro hombre es un dinosaurio que no se esfuerza demasiado por adaptarse, un pez fuera del agua que mejor conoce (aquí se conforma con una piscina y melancólicos baños desnudo que metaforizan su oculta vulnerabilidad), pero el Sam Spade de Owen mantiene los rasgos que elevaban al personaje en las novelas y relatos de Dashiell Hammett: el cinismo, la ironía, el olfato, cierta arrogancia de tipo duro y, por encima de todo, una lengua viperina que nos regala momentos fantásticos.

Monsieur Spade

‘Monsieur Spade’ está disponible en Filmin.

Es en ese ingenioso intercambio dialéctico cargado de sentido del humor, sobre todo en las réplicas y contrarréplicas del protagonista con el comisario que borda Dennis Menochet (el de As Bestas: “¿te aburrimos, francés?”), donde Monsieur Spade sobresale y conecta con el mejor noir de los años 40, y cuando la esencia del personaje realiza su particular grito de liberación. También en los running gags que suponen las constantes alusiones a los esfuerzos del protagonista hablando en francés o escondiendo su paquete de cigarrillos, siguiendo las órdenes de un doctor que pontifica sobre lo malo que es el tabaco para la salud mientras se enciende una pipa.

Con el silbido de La marcha del coronel Bogey de El puente sobre el río Kwai como inesperado elemento narrativo y nuevo guiño al icónico Spade de Bogart, y con un cameo final tan simpático como injustificado, Monsieur Spade remata una enrevesada trama que hace bueno al refrán: quién mucho abarca, poco aprieta. Pero la serie también convence con un plano final que sostiene el carisma del detective y nos invita a abrazar aquellos viejos clásicos del noir cinematográfico y literario.

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