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José Coronado en 'Legado'.
En Legado, Federico Seligman (José Coronado) regresa a España tras pasar dos años en Houston curándose de un cáncer. A su vuelta, descubre que tres de sus cuatro hijos se han dedicado a arruinar el imperio mediático que a él le costó décadas construir. Infectado de resentimiento, el veterano magnate no parece dispuesto a perder su emporio, así que no le queda otra que pasar al ataque aún sabiendo que para recuperar sus negocios tendrá que desacreditar a sus descendientes.
Un folletín desmesurado, sobrecargado de tramas y de temas y con unos personajes tan consistentes como un origami en el ojo de un huracán
Atendiendo a esta breve sinopsis, es probable que muchos de nuestros lectores entiendan que la comparación entre Legado (2025), la última serie creada por Carlos Montero (Élite, El desorden que dejas) junto a Pablo Alén y Breixo Corral, podría verse como un remedo patrio de Succession (Jesse Armstrong, 2018-2023), tal y como numerosos medios se han encargado de pregonar. Digamos que los Seligman son a los Roy lo que Eugene Sue a William Shakespeare; que Legado sería Succession si Succession la hubiese escrito Stephen J. Cannell.
Hablamos de una propuesta en la que series de siete temporadas se despliegan ante nuestros ojos cada cinco minutos, muy en la línea de El inocente (Oriol Paulo, 2021). Hablamos de un folletín desmesurado, sobrecargado de tramas y de temas y con unos personajes tan consistentes como un origami en el ojo de un huracán. Hablamos de contemplar una accidente a cámara lenta.

José Coronado es Federico Seligman en ‘Legado’.
Aquí se habla de la crisis del periodismo, de la salida de los Polanco del grupo Prisa y de la llegada de fondos de inversión para garantizar la estabilidad (y la rentabilidad). Sin usar los nombres reales, claro. De la connivencia entre gobierno y medios de comunicación, para más inri eligiendo a Cristóbal Suárez, cuyo parecido con Pedro Sánchez ya se explotaba en Vota Juan (Diego San José, 2019), como presidente del ejecutivo.
José Coronado es el único que parece tomarse en serio la función
También se habla de Villarejo, apuñalamiento mediante, y de las cloacas del estado. Del señor X. De las fosas comunes olvidadas tras la Guerra Civil. De la casa de Galapagar que le costó la vicepresidencia del gobierno a Pablo Iglesias. De fontanería política de altos vueltos. Pero también de homosexualidad largamente ocultada, de la eutanasia, de la especulación inmobiliaria, del acoso sexual y laboral… Todo ello aderezado con el toque Montero, con ese punto de erotismo picante que pasa por hermanastras que comparten hombre, matrimonios abiertos, drogas recreativas…
Más que una serie, Legado parece un ultramarinos en el que no falta de nada o un tren de la bruja pilotado por Pier Nodoyuna puesto de MDMA hasta las cejas mientras Felipe González vestido de Maléfica te da escobazos y la megafonía de este freak show emite a todo volumen los gritos de un saco de la risa del tamaño de un globo aerostático. ¿Les parece exagerado? Eso es que todavía no han visto la serie.
Las cuatro hijas de este rey Lear de saldo que interpreta con airada circunspección José Coronado –el único que parece tomarse en serio la función– son un buen ejemplo de los problemas de diseño y tono que, hablando de hijos, dejan la serie como a Julio César después del último abrazo de Bruto y su amigos.

‘Legado’ está disponible en Netflix.
Guadalupe (Natalia Huarte) es una fotocopia deformada de Irene Montero. Hija roja de un selfmade man que siempre defendió cierto progresismo. Ella quiere ser ministra, pero los prejuicios de sus compañeros de partido (en un dechado de imaginación, la formación se hace llamar Vamos) y su extracción social juegan en su contra. Tampoco ayuda que su marido piense que el código penal es un juego de mesa. Ella, muy lista para la política, se desentiende de las faltas de su guapísimo cónyuge, quizá porque la inteligencia hay que reservarla para lo verdaderamente importante.
En ‘Legado’ las cosas van así. Como en el mal periodismo, a veces es mejor no hacerse demasiadas preguntas
Andrés (Diego Martín) ha heredado el cargo de su padre al frente de El báltico, la cabecera líder del grupo de comunicación. Un periódico de nombre imposible, con menos gancho que un boxeador manco, que ha perdido lectores e influencia. Para salvar el negocio, Andrés se traga la dignidad, tira los principios que le inculcó su padre a una fosa séptica y empieza con los tocomochos de ingeniería financiera para salvar el conglomerado mediático engañando a accionistas y al fondo de inversión que les sustentan. Cuando su padre regresa, indignado porque su hijo ha traicionado sus ideales, le afea la conducta y se propone echarlo de la dirección. La oposición de Andrés pasa de tratar de inhabilitarlo a entrar a la redacción pidiéndole cocaína al becario (!)… En Legado las cosas van así. Como en el mal periodismo, a veces es mejor no hacerse demasiadas preguntas.
Después está Yolanda (Belén Cuesta), al frente de la cadena de televisión del grupo –aunque de eso nos enteremos más bien tarde–, casada con un director de cine sacado de un sketch de Muchachada Nui, un guiñapo paródico al que no le cabe encima un cliché más. Estos dos tienen un spin-off. Un Matrimoniadas protagonizado por la Magüi de Paquita Salas –ese es el registro en el que se mueve Cuesta– y la versión low-cost del director que Daniel Brühl interpretaba en La franquicia (Jon Brown & Armando Iannucci, 2024).
Una pareja imposible que, además, rompe con el tono en el que están el resto de personajes. Pero bueno, como dice Yolanda en una línea de diálogo inenarrable que es más justificativa que irónica: “no todo ha de ser alta cultura para las élites”. Dí que sí, mujer. Larga vida a los culebrones turcos –ese es su gran hallazgo como directora de la televisión– y a series como Legado.

Diego Martín es Andrés en ‘Legado’.
Y por último está Lara (María Morera), la pequeña. Hija del segundo matrimonio de Seligman. Dieciocho años de rebeldía, las hormonas en ebullición y una posición delicada dentro del engranaje familiar puesto que es utilizada por su hermana Yolanda –que se beneficia a su novio que trabaja para ella– y por un joven que busca venganza por la muerte de su hermano, periodista que años atrás trabajó para Federico Seligman. En resumen: la sección Élite de la serie.
Lo mejor que puede pasar con ‘Legado’ es que se pierda el testamento, no haya segunda temporada y la herencia se la reparta el estado
Para no extendernos más, diremos que el enfrentamiento entre Seligman y sus hijos, con la interferencia de los poderes fácticos, pasa por la concesión de una entrevista que el magnate ha dado a la iniciativa ‘Legado’. Una entrevista en la que le dice a todo el mundo de qué mal se ha de morir, reparte culpas, revela secretos y cuenta intimidades –lo que hace Villarejo por fascículos, pero aquí del tirón– y que solo se publicara cuando él la palme. Esa conversación, dada la información sensible que contiene, será codiciada por todo el mundo, desde ministros corruptos a familiares agraviados, desde periódicos rivales a ciudadanos con ansias de venganza.
En cualquier caso, para que la tensión dramática que incorpora esa premisa se sostenga, el espectador deberá poner tanto de su parte que, es posible que al final de la entrega –si es que consiguen llegar a tal extremo–, les manden algún recibo en el que se les pase el cobro por suspender su incredulidad. Lo mejor que puede pasar con Legado es que se pierda el testamento, no haya segunda temporada y la herencia se la reparta el estado.