Crítica: ‘El Eternauta’ vive, pero apenas sobrevive
Crítica de la serie

‘El Eternauta’ vive, pero apenas sobrevive

30 abril 2025
Héctor Germán Oesterheld revolucionó la ciencia-ficción con un alegato humanista hondo y trepidante. A la serie de Netflix le falta músculo, pero como mínimo promete jarana.

Ricardo Darín en 'El Eternauta'.

En 1957, en plena Guerra Fría, y cuando en Argentina a cada hora cinco lactantes morían por desnutrición y la capital era enterrada en basura por la huelga veraniega de barrenderos, nadie se extrañó de que en el nuevo tebeo semanal de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López la muerte cayera en silencio, cristalizada como nieve radioactiva.

Casi setenta años después, la nueva normalidad resuena estrepitosa, y son las caceroladas por la inflación las que abren El Eternauta de Netflix. Y por mucho que el caer en silencio de la nieve nos traiga de vuelta a apagones y pandemias cercanas, hay un encanto innegable en esta acarreadora de muerte retro sin excusas, divertidamente fuera de lugar.

La serie de Netflix, siempre pulcra y bien explicada, arranca sin tanto fuelle ni jarana sci-fi, por mucho que no dejen de “pasar cosas”

Podéis achacarnos una nostalgia excesiva a quienes echemos en falta algo del carácter que se desprendía de la sencillez echada para adelante estipulada por el formato folletín. Allí el perfecto padre de familia, ciudadano, amigo y hombre de acción, Juan Salvo (o Ricardo Darín, el único a la altura), emprendía una aventura semanal que se aseguraba, ante todo, avanzar lo más trepidante posible. La de Netflix, siempre pulcra y bien explicada, arranca sin tanto fuelle ni jarana sci-fi, por mucho que no dejen de “pasar cosas”.

Asimismo, la balanza anda algo descompensada entre las cosas que dicen los personajes y las que les hacen repetir sus titiriteros, los guionistas Bruno Stagnaro, director y showrunner y Ariel Staltari, quien en la serie se ha atribuido a Omar, un nuevo personaje tan insalubre como postizo. Tampoco el cómic original rezumaba ingenio, pero la construcción de personaje o algún chascarrillo autoconsciente son excepciones entre una exposición bastante densa. Sospechamos que se trata del peaje para una obra que aspira a ensayar los límites de la diplomacia y que por lo tanto ha de ser muy hablada, pero los automatismos continúan.

Nada molesta más que un violín que anuncia el advenimiento de un peligro que, de entrada, ya sabemos que no será tal. Ni los tipos que sobreviven porque deben. Ni las pistolas de Chéjov visibles y mal aprovechadas (esas habría que desecharlas, como esos listines telefónicos, guiño, guiño). Hay un poco de cada en una serie de apariencia épica, aunque flaca en el guion.

El Eternauta

‘El Eternauta’ está disponible en Netflix.

Lo viejo funciona (regular)

Pero de Elenita y Martita, esposa e hija ejemplares, por suerte no vemos ni rastro. Hoy Martita funciona como macguffin sin mucho compromiso y Elenita es Elena (Carla Peterson), una mujer tridimensional que anda un poco quemada por las estupideces que resultan de la hombría de su marido. Es la propia Elena quien reprocha a Juan su autoemplazada condición de salvador (“yo también quiero salir a buscarla y no ser un premio de consuelo”), mientras rebota con gracia los gestos hiperbólicos del héroe hecho a sí mismo, que –por ejemplo– la abandona sin reparos a cada rato, mientras se preocupa lo bastante por ella para dejarla “protegida” con un hacha (“Un hacha. ¿En serio?”).

Los episodios ganan en la síncope entre Juan y el resto de elenco, cada vez que alguien se sulfura desde su rincón de esta apocalíptica reunión de vecines. Tano (César Troncoso) resulta especialmente bien elegido: mientras asume parte de la brillantez resolutiva a lo MacGyver de Favalli en el original, también incorpora la cerrazón y la ranciedad esperables del hombre blanco manitas contemporáneo, alguien que pasa más tiempo jugando en el sótano que en contacto con la diversidad. Al mismo tiempo, nadie puede enfadarse sin más con el carácter infantil que Troncoso imprime sobre su suerte de científico loco. “¡Lo viejo funciona!”, enarbola, conduciendo a lo hot wheels sobre un auto cochambroso.

A Ricardo Darín, su porte de estrella lo vuelve impermeable al reproche, si bien es capaz de atravesar la limitada pecera de la icónica máscara antigás con las miradas más severas

Lo viejo funciona, pero funciona regular. Para demostrarlo, la adaptación de Stagnaro juega a una diversidad que, durante los dos primeros episodios, es temática sin complejos. Están por un lado Omar (Staltari), un Judas con motivo (el motivo siendo, como explicita en tantas ocasiones, el ostracismo reiterado), e Inga (Orianna Cárdenas), una repartidora llegada de Colombia destinada a ocupar, intuyo, la ranura de blanquísima mano derecha de acción que tenía en el cómic original en personaje de Franco… Una idea bastante atractiva, si consideramos el carisma caballeresco de Cárdenas como Soldado Glovo. En cualquier caso, el racismo interseccional complica de formas interesantes la fraternidad sin reparos del círculo de Oesterheld y Solano. También el pasado oculto de Salvo –no spoilers allowed– subvierte todo el heroísmo del personaje titular, si bien puede pasar incomprendido para el público no-argentino. Googleadlo.

El Eternauta

Esta adaptación de ‘El Eternauta’ es una serie de apariencia épica, aunque flaca en el guion.

Ricardo “buena gente” Darín

Su porte de estrella lo vuelve impermeable al reproche, si bien es capaz de atravesar la limitada pecera de la icónica máscara antigás con las miradas más severas. Mi abuela las atribuiría a la determinación del vaquero, yo a la furia del padre con el cinto. Vestir las botas de Juan Salvo pide técnica, comunicar a través del peso muerto de capas y capas de abrigo, encapuchado y siempre rifle en mano. Pero Darín controla incluso en los interludios teatralizantes que Stagnaro se permite en interiores. Marcelo Subiotto, el segundo mayor as en la manga del plantel interpretativo argentino contemporáneo (Puan), hace las del (aún) desaprovechado Favalli… Un personaje de humanismo y genio tales que sobre la página suscitaba una admiración de tintes casi homoeróticos. En la serie de Netflix, queda por ver.

O queda tanto por ver. De primeras, en esta Buenos Aires apocalíptica no hay rastro de los negros y los blancos rotundos del dibujo de Solano López, silenciosamente expresionistas sin ser comparables al desgarre abstracto de Alberto Breccia en El Eternauta 1969. Y sin embargo, el diseño de sonido guarda algún descubrimiento inquietante en los interludios entre tanta palabrería, como cuando en una de las salidas, un silbido recuerda a Juan Salvo la ambivalencia juguetona de la muerte en presente.

Si ‘El Eternauta’ funciona es per addendum: avanza entre ideas más o menos brillantes, sobreviviendo como puede a los minutos que se acumulan, mortales

Por otra parte, la apuesta de Gaston Girod (director de fotografía habitual de Stagnaro) por teñirlo todo o de azul o de rojo convierte las calles de la ciudad en trinchera para una frenética campaña militar, así como en una prometedora pista de discoteca. Preocupa que el director no haya demostrado –decíamos, aún– una mano habilidosa para la acción bélica, y que la productora K&S tenga apenas experiencia en el género.

En cualquier caso, y arrastrando parte de las imperfecciones del tebeo original, si ‘El Eternauta’ funciona es per addendum: avanza entre ideas más o menos brillantes, sobreviviendo como puede a los minutos que se acumulan, mortales. Haceos un favor: ya sea en la plataforma o sobre la página, acabadla.

El Eternauta

Ricardo Darín es Juan Salvo, el gran protagonista de ‘El Eternauta’.

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