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Elisabeth Moss es June en 'El cuento de la criada'.
Que la primera temporada de una serie consiga un gran éxito puede ser un regalo envenenado. Desde el principio llama la atención de crítica y público, se ve en el centro de la conversación mediática y nuevos espectadores se acercan a ella por curiosidad, pero ese arreó inicial suele durar poco. Es muy habitual que, para la tercera temporada, las opiniones se vuelvan contrarias: que si ha perdido interés, que si se ha vuelto repetitiva, que si debería haberse quedado en una miniserie.
‘El cuento de la criada’ llegaba a Hulu en 2017, con Donald Trump recién instalado en la Casa Blanca
El cuento de la criada conoce perfectamente ese ciclo. Su primera temporada, estrenada en 2017, se llevó el Emmy a mejor serie dramática y llamó poderosamente la atención por la manera en la que se contaban las desventuras de Defred en esa Gilead que había despojado a las mujeres de todo derecho y había convertido a Estados Unidos en una teocracia como Irán: sus planos estaban exquisitamente compuestos, dejando claras sus inspiraciones en pintores holandeses como Vermeer, y contraponiendo la apariencia idílica de la vida hogareña de los Waterford con la violencia que subyacía en ella, y que se mostraba en toda su fealdad en las “ceremonias” en las que el comandante intentaba dejar embarazada a su criada ante la presencia inmovilista, y la colaboración, de su esposa.
El libro de Margaret Atwood que le servía a Bruce Miller de material de partida ya se inspiró en lugares que recortaban dramáticamente los derechos de las mujeres en los 80, ya fuera la prohibición del aborto en la Rumanía de Ceaucescu, la unión de política y religión entre los sectores más conservadores de Estados Unidos (que había aupado al poder a Ronald Reagan), o el sometimiento de las mujeres a sus padres y maridos en, por ejemplo, España, donde necesitaron autorización masculina para prácticamente cualquier asunto fuera del hogar hasta 1975. Además, El cuento de la criada llegaba a Hulu con Donald Trump recién instalado en la Casa Blanca y con no pocos estados promulgando leyes contra la comunidad LGTBIQ y contra el aborto que acabarían culminando en la derogación de la protección federal de dicho derecho.

Fotograma de la la primera temporada ‘El cuento de la criada’.
Cómo empieza la temporada 6 de ‘El cuento de la criada’
Ante ese panorama, sus primeros episodios (que adaptan el libro de Atwood prácticamente al completo) tocaron una fibra en la sociedad que los impulsaron hacia esa posición de privilegio de la que, inevitablemente, se acaba cayendo. A El cuento de la criada le pasó en la tercera temporada, cuando el público se cansó de los intentos de Defred de escapar y de que se mostrara sin tapujos la brutalidad de Gilead, que sostenía la hipocresía y el cinismo de los hombres al mando.
Es posible que la historia de los Waterford se alargara un poco de más, pero en cuanto Defred huyó a Canadá y recuperó su nombre, June, la serie entró en otra etapa igualmente interesante, una que se preguntaba si valía la pena el ansia de venganza total de su protagonista y que mostraba qué pasaba después de la respuesta inicial de desaprobación y horror de la comunidad internacional de Gilead. Una vez que se asentara como país, ¿no intentarían los demás retomar sus relaciones con él como si nada? ¿Qué pasaría con los refugiados estadounidenses en Canadá y con el pequeño reducto del anterior gobierno (el legítimo) que intentaba recuperar el control?
La serie es muy consciente de que todo lo que muestran sus capítulos ya ha pasado antes y volverá a pasar, y son de nuevo una llamada de atención ante la propia actualidad de su país
En esas ha estado la serie a partir de la quinta entrega, y esa es la situación en la que transcurre la sexta y última, que arranca momentos después del final de la quinta, con June y Serena Joy reencontrándose en ese tren que lleva a los refugiados de Gilead al oeste de Canadá. El régimen tiene simpatizantes y colaboracionistas fuera de sus fronteras y su país de acogida empieza a no ver con tan buenos ojos a todos los que huyen de allí.
La percepción externa de Gilead comienza a cambiar mientras, dentro, los esfuerzos del comandante Lawrence por abrirse al exterior y relajar algunas de sus normas se encaminan a garantizar la supervivencia del régimen, pero tienen fuertes detractores dentro. Y también espantan a quienes confían, pese a todo, en regresar a los Estados Unidos de siempre, porque el margen para lograrlo cada vez es más estrecho y esas maniobras aperturistas hacen flaquear el apoyo internacional hacia su reclamación.

Serena Joy en la sexta temporada de ‘El cuento de la criada’.
Cuando se mezclan ficción y realidad
Si algo de todo esto te lleva a recordar ciertos momentos históricos (mismamente, la evolución de la dictadura franquista en los 50, cuando acordó con Estados Unidos la instalación de bases militares), no es casualidad. El cuento de la criada es muy consciente de que todo lo que muestran sus capítulos ya ha pasado antes y volverá a pasar, y son de nuevo una llamada de atención ante la propia actualidad de su país, con un segundo mandato de Trump en el que el desmantelamiento del gobierno federal y la promulgación de leyes contra inmigrantes, mujeres y LGTBIQ lo han acercado mucho más a una dictadura sudamericana que a la tierra de las libertades y las oportunidades de la que suelen presumir.
El viaje de Serena hacia la recuperación de su voz, de su agencia personal y la realización de que ella misma se construyó su prisión ha sido siempre una de las cosas más interesantes de ve
El peso de la realidad, del gran peso que la ultraderecha y las posiciones más retrógradas y conservadoras está teniendo en todo el mundo, vuelve relevante a la serie pero, al mismo tiempo, juega en su contra ante espectadores que no quieran ver en pantalla la misma oscuridad presente en su día a día. Y eso que El cuento de la criada acertó al situar también en su centro a Serena Joy, esa mujer que era la ideóloga de Gilead, que básicamente escribió el corpus teórico sobre el que se edificó el nuevo país solo para que su marido, mucho menos brillante que ella, se apropiara de ello y se hiciera con la posición de poder que le habría correspondido a ella.
Pero ahí está el quid de ese personaje, de esas mujeres conservadoras que apoyan doctrinas y creencias que las relegan a ciudadanos de tercera creyendo ciegamente en que, cuando dichas doctrinas se conviertan en ley, quedarán exentas. Y no es así. El viaje de Serena hacia la recuperación de su voz, de su agencia personal y la realización de que ella misma se construyó su prisión ha sido siempre una de las cosas más interesantes de ver, sobre todo porque no renuncia a sus valores y sus principios. Mientras June quiere arrasarlo todo, Serena pretende que se le reconozca su importancia dentro de ese sistema que ayudó a construir y que la descarta. Y ese peculiar síndrome de Estocolmo que se desarrolla entre ellas resulta fascinante de ver.

‘El cuento de la criada’ se estrena el 8 de abril en Max.