Crítica de la T3 de 'Gangs of London' (SkyShowtime)
Crítica de la T3 (SkyShowtime)

‘Gangs of London’: todo el mundo tiene un plan hasta que le llega la primera hostia

25 abril 2025
'Gangs of London' se mueve entre el realismo sucio y la violencia estilizada, invitando al espectador a elegir entre una lectura analítica o la decepción por no cumplir expectativas convencionales. La tercera temporada intensifica su mezcla de acción coreografiada, giros narrativos y melodrama criminal, con una estructura enrevesada pero efectiva. A pesar de ciertos excesos y momentos inverosímiles, la serie sigue siendo una adictiva y desmesurada odisea de poder, familia y traición.

'Gangs of London' vuelve con una tercera temporada.

Entrar o no entrar en el universo de Gangs of London, esa es la cuestión. La serie creada por Gareth Evans y Matt Flannery en 2020 nos invita a acceder a sus interiores desde dos puertas de entrada muy distintas, puede que hasta cierto punto incompatibles, pues en función de la que elijamos podremos sacarle cierto partido analítico a la serie o, por el contrario, instalarnos en el siempre confortable asiento de la decepción que nos obliga a exigirnos menos como espectadores y a depositar el fracaso en aquel que no hizo la serie como nosotros queríamos. En cualquier caso, Gangs of London se presta a ese debate.

¿Cuáles son, pues, esas dos vías de entrada? De un lado, este panóptico de clanes mafiosos que lucha por controlar la capital británica asume un realismo sucio, en la línea de El largo viernes santo (John Mackenzie, 1980), en el que la mezcla de espacios –mansiones lujosas y almacenes destartalados– se aleja de ese estilo pijo que Guy Ritchie, sobre el que habremos de volver, puso medio de moda con The Gentlemen (2019).

Ahora bien, pese a la voluntad de verosimilitud en la descripción de ambientes o pese al diseño de personajes, ¿es Gangs of London una serie realista de la estirpe de Gomorra o, por no salirnos de referentes británicos, de McMafia? La respuesta es no y si se la toman como tal terminarán soltando aquello de “me ha decepcionado”. ¿Por qué? En primer lugar porque ya desde el inicio – ecuerden aquel quinto episodio de la temporada 1– Gareth Evans, uno de los grandes renovadores del actioner contemporáneo, optó por un modelo de representación de la violencia que busca la perfección coreográfica sin ahorranos ni un mililitro de sangre. 

‘Gangs of London’ es una historia de venganzas en la que los conflictos sembrados en el pasado afloran ahora y las relaciones entre padres, madres e hijos no se rigen por la lógica de los afectos si no por la del beneficio.

La manera de filmar y de montar las numerosas peleas que jalonan la serie busca una aproximación plástica que se aleja de lo meramente descriptivo o testimonial, muy en la línea de la saga John Wick, si bien podríamos decir que Chad Stahelski prefiere el modelo simétrico y armonioso de Busby Berkeley y Evans (y todos los que vinieron detrás) se identifican más con la fragmentación propia de Bob Fosse (o incluso del Lars Von Trier de Bailar en la oscuridad). Hablamos de concepción de la acción a partir del uso del montaje, tampoco se me vayan a asustar.

Gangs of London

Sope Dirisu és Eliott Carter en ‘Gangs of London’.

En cualquier caso, esa aproximación no realista al hecho violento tiene que ver, también, con el modo en el que se elaboran los guiones y en cómo estos establecen una muy particular relación con el homicidio interruptus. Para explicar esto, y antes de entrar de lleno en el desarrollo de la tercera temporada, pensemos en el capítulo segundo, consagrado a la fuga de Sean (Joe Cole), 45 minutos de huida imposible que terminan en su ajusticiamiento y que convierten el episodio en verdadera piedra de toque del show, el cine de acción pasando por el filtro de Chuck Jones en tanto en cuanto los protagonistas parecen tan difíciles de matar como Buggs Bunny a manos de Elmer Gruñón o como el Steven Seagal de los 90.

La elongación de las situaciones –y esto vale para otros personajes clave como Luan (Orli Shuka) o Lale (Narges Rashidi)– es del todo punto inverosímil y está más cerca de determinados cartoons (de Tom y Jerry a El correcaminos) que de cualquier otro referente. 

Dicho esto, la tercera temporada arranca con un cargamento de cocaína contaminada que causa la muerte de cientos de personas, entre ellas la hija de Luan, lo que derivará en un intento de ajuste de cuentas que, en realidad, revelará la existencia de un plan maestro elaborado años atrás que pasa por la legalización de las drogas, medida que facilitará la creación posterior de un monopolio de distribución legal de estupefacientes. 

Peter McKenna, que ha heredado el cargo de showrunner de Corin Hardy –Evans y Flannery se marcharon al final de la primera temporada– ha confeccionado la entrega mejor escrita, pues su estructura alambicada, que empieza a coger vuelo a partir del quinto episodio, maneja con tiento el juego temporal, de modo que ni los espectadores ni los protagonistas somos capaces de saber por donde nos llegan los golpes. 

Gangs of London

Un explosivo momento de la T3 de ‘Gangs of London’.

Gangs of London es una historia de venganzas en la que los conflictos sembrados en el pasado afloran ahora y las relaciones entre padres, madres e hijos no se rigen por la lógica de los afectos si no por la del beneficio. De hecho, la lección que la serie acuña es que la familia y el poder son incompatibles. Siempre hay que procurar tener algo a mano que pueda ser de interés para tus oponentes, lo mismo da un hijo, un rehén o información. Si no tienes nada con lo que negociar, estás muerto. 

Como decíamos, la serie intercala con acierto distintas temporalidades sin resultar nunca mecánica. El incidente que causó la muerte de la esposa y el hijo de Elliot (Sope Dirisu) siete años atrás, la aparición de un sicario misterioso conectado con el pasado de los Wallace y las conexiones de esos dos hechos con una corporación cuyos hilos se extienden hasta el Ayuntamiento y el mundo del hampa, están bien armadas. Si, además, aparece Richard Dormer (Juego de tronos, Blue Lights) haciendo de un matón que parece extraído del campamento de gitanos de Snatch (2000) –es decir, del Ritchie macarra–, mucho mejor.

Los fans de esta picadora de carne que es ‘Gangs of London’ encontrarán sobrados motivos para seguir aferrados a esta odisea de traiciones, venganzas y muertes

Ahora bien, eso no quita para que los guiones se pasen de frenada en no pocas ocasiones, desde esa alcaldesa farlopera que dice sí a las drogas encarnada por T’Nia Miller (diseño de personajes), pasando por la orgía de violencia que supone el capítulo quinto en el que se usa un cordón umbilical como arma homicida (suspensión de la incredulidad) o sumando un buen puñado de deslices que tienen que ver con la coherencia interna de los cuales señalaremos algunos: 

– La entrada de Elliot y Billy Wallace (Brian Vernel) en el hotel donde les espera la mente maestra que ha ideado el gran plan. Un hotel en el que se celebra una reunión crucial y que está repleto de personal de seguridad. Pues bien, a nadie se le ocurre cachear a dos tipos que, además de no responder al nombre que figuraba en su invitación, son inmediatamente reconocidos y conducidos a un despacho. La cosa acaba a tiros porque a los guionistas les gusta más destrozar mobiliario que a los tipos de Extreme Makeover: Reconstrucción total. Eso sí, como dijo Mike Tyson, todo el mundo tiene un plan hasta que le llega la primera hostia: ese podría ser el resumen de esta secuencia y de Gangs of London.

– La aparición repentina de Lale para rescatar a Elliot al final del sexto capítulo, justo cuando están a punto de hacer arte abstracto con sus sesos. ¿Cómo demonios sabe dónde está?

 – El hecho de que Elliot parezca no tener ni la más remota idea de a qué se dedicaba su mujer, además de tener ¡en su casa! el borrador de un informe en el que se revela toda la operación. Suspenso en comunicación en pareja. 

Gangs of London

La tercera temporada de ‘Gangs of London’ ya está disponible en SkyShowtime.

En definitiva, los fans de esta picadora de carne que es Gangs of London encontrarán sobrados motivos para seguir aferrados a esta odisea de traiciones, venganzas y muertes para las que hay que fijar un nuevo umbral del dolor. A Patrick McKenna y a su equipo de guionistas hay que agradecerles que hayan sido capaces de renovar argumentalmente un show al que le sigue quedando vida… por extinguir.

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