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Homenaje a un mito

La justicia es un cachondeo

¡Feliz cumpleaños Saul Goodman! Este 2025 se cumplen 10 años del estreno del spin-off de 'Breaking Bad', 'Better Call Saul'. Una serie única que derribó todo un mito superando a su predecesora.
Better Call Saul

En 2015 se estrenó el spin-off de 'Breaking Bad', ¡¿Quién lo iba a decir?!

Si quisiéramos empezar un artículo cualquiera hablando de Better Call Saul, deberíamos –obligatoriamente, no aceptamos excusas– mencionar Breaking Bad. Es obvio: Better Call Saul es un spin-off de Breaking Bad. Peter Gould escogió a dedo al abogado trilero que le sacaba las castañas del fuego a Walter White y le montó su propio show. ¿Por qué no?

Bien mirado, cualquiera de los personajes de Breaking Bad hubiera sido excelente para tener serie propia: Hank, Gustavo, Mike y hasta Skinny Pete. Qué demonios, hasta la pandilla de nazis que secuestraba a Jesse hubieran sido material de primera para la ficción. Y el secreto no es otro que la alquimia que convierte la palabra en oro, el tipo que es capaz de poner en la boca de otro algo que te haga arquear la ceja, o fruncir el ceño, o exclamar, «joder».

Definir a ‘Better Call Saul’ como un spin-off sería como decir que la Capilla Sixtina es un grafiti: ofensivo

Al acabar Breaking Bad se produjo una especie de duelo colectivo considerable. Fue un fenómeno totalmente comprensible, al fin y al cabo, decirle adiós a Pinkman y a Heisenberg y a toda su tropa de hijos de puta que se follarían a tu perro, matarían a tu madre y te darían un abrazo antes de irte, se habían convertido en nuestra familia. Una familia algo disfuncional, ciertamente, pero familia, al fin y al cabo. Parafraseando a Cordell Hull: «son unos hijos de perra, pero son nuestros hijos de perra».

Better Call Saul

Kim y Jimmy (Saul): una relación que eleva la serie a otra dimensión.

En la orfandad, se abrió camino la idea de que, de algún modo, podía seguirse la estirpe de Walter White, sin Walter White. Así nació Better Call Saul, el clavo que tapa a otro clavo; el torniquete que no cura, pero te apaña un rato. Sin embargo, en algún momento del camino por el que transitaba el tahúr de tahúres y su cohorte de delincuentes tan culpables como el propio Saul, la serie que tenía que ser el jugador que tienes en el banquillo por si se te rompe el titular, se convirtió en el rey de la colina. ¿Walter White? ¿Quién cojones es ese?

Definir a Better Call Saul como un spin-off sería como decir que la Capilla Sixtina es un grafiti: ofensivo. La serie de Peter Gould adelanta al original con armas que uno no detectaría en un cacheo, para acabar convirtiendo la historia de un tuercebotas que vendería su alma por dos perritos calientes en un inmenso, descomunal fresco sobre todas las interacciones humanas que casi todos estaremos obligados a vivir a lo largo de nuestro propio arco dramático. El hermano pequeño y el hermano mayor, el padre y el hijo, el abuelo y la nieta, el marido y la mujer, el jefe y su subalterno, el timador y el timado, el asesino y la víctima. En el vademécum de sangre que articula la serie uno puede encontrar su propio árbol genealógico sin tener que buscar demasiado.

La gran epopeya de Jimmy McGill es que el propio Jimmy sabe muy bien que va a descarrilar. Sabe que todo se va a ir al garete, no alberga dudas al respecto, ni siquiera tiene intención de evitarlo.

Como si hubiéramos aterrizado dentro de las páginas de esa teoría de Hugh Everett que afirma que hay un número infinito de universos paralelos en los que podría estar sucediendo lo mismo que en el que habitamos actualmente o algo completamente distinto, aunque esas dimensiones nunca lleguen a solaparse. En Better Call Saul, la teoría de Everett (que surgió de la mecánica de la física cuántica) se materializa en personajes que contienen multitudes de versiones de sí mismo, cuyas acciones son imprevisibles pero –de algún modo– siempre encajan con ese personaje. La Kim ordenada y prudente es también una villana de Marvel; el Mike frío y calculador es también un abuelo preocupado y un hombre decente y el Saul que vive del arte del trilero es también un tipo de alma cándida.

Better Call Saul

Michael McKean en una imagen promocional de ‘Better Call Saul’.

Es fácil perderse en este show y en sus paseos por el lado oscuro hasta darse cuenta de que en realidad todo es un perverso ensayo sobre gente perdida en paisajes familiares que solo sirven para crear la fábula de una vida normal. Sin embargo, es en esa inmensa y terrible humanidad donde los personajes de Better Call Saul alcanzan el Olimpo de la tele: en su destino, marcado por la idea de que el abismo es inevitable, el reparto de la serie cubre todos los ángulos de la derrota.

Te enamoras de la gallardía de Nacho, de la decencia de su padre, del extraño sentido de la lealtad de Ehrmantraut, del aroma a Charles Manson latino de Lalo Salamanca, de la naturaleza robótica de Howard Hamlin o de la candidez de Clifford Main. Todos ellos representan algo que ansiamos (aunque lo hagamos en silencio). Hemos querido ser valientes, decentes o leales; hemos deseado ser el malote del barrio, el tipo ordenado o metódico o el tipo que te aplasta en el póquer.

La gran epopeya de Jimmy McGill es –precisamente– que el propio Jimmy sabe muy bien que va a descarrilar. Sabe que todo se va a ir al garete, no alberga dudas al respecto, ni siquiera tiene intención de evitarlo. Por eso, al final de la serie, cuando este abogado parlanchín y embaucador ha agotado la cháchara, es el único momento en toda la serie en el que se concede al espectador el privilegio de contemplar al protagonista sin chapa ni pintura.

Better Call Saul

Todo está bien, Saul. Siempre en nuestro equipo.

El Saul de Breaking Bad, ese hortera de muñecos hinchables, mentor de villanos y amasador de billetes, es en Better Call Saul un pobre diablo abandonado a su suerte que adquiere en la piel de Bob Odenkirk dimensiones mitológicas. El trabajo de Odenkirk, Michael McKean, Rhea Seehorn, Jonathan Banks o Patrick Fabian, convierten esta serie aparentemente destinada a explotar un universo de leyenda en una enorme bestia que no solo se mide con su predecesora usando sus propias armas, sino que inventa un lenguaje propio.

Better Call Saul acaba por demostrar que hasta los mitos pueden ser derribados cuando los que se inventaron el milagro azul del profesor White fueron capaces de lo imposible: mejorar una receta que parecía haber llegado a un (insuperable) límite de pureza.

(Nunca te olvidaremos, ‘It’s all good man’).

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Ver más en Cult TV, Better Call Saul.

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